La cuestión norcoreana: ¿riesgo de una hecatombe nuclear?

 



En las últimas semanas ha revivido un viejo conflicto heredado de la Guerra Fría: el de la Península coreana.

Vientos de guerra soplan de nuevo en dirección a la región Asía-Pacífico, donde tiene lugar el grueso de la producción manufacturera del mundo y también el mayor flujo comercial, además de ser epicentro financiero por las ciudades de Tokio, Hong Kong, y Shanghái, y de la fabricación de productos de alta gama tecnológica como teléfonos inteligentes, televisores de pantallas planas, tabletas, computadoras, automóviles electrónicos y otros dispositivos esenciales para las comunicaciones, y que facilitan el ocio y el trabajo.

Al referirnos a Asia-Pacífico estamos hablando de la región más importante del planeta en términos geopolíticos, militares, económicos, culturales y comerciales, ya que concentra a las mayores potencias mundiales como Estados Unidos, China, Rusia, Japón, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Australia.

Al menos desde el inicio del milenio ha desbancado de aquel sitial al tráfico comercial, intelectual y geopolítico del Atlántico, caracterizado principalmente entre por la relación Estados Unidos y Europa.

Este giro se produjo gradualmente tras las reformas en materia económica iniciadas por Deng Xiaoping en China y el consiguiente despegue de otras naciones asiáticas.

En la actualidad más del 60% del PBI y comercio mundial radica en dicha zona geográfica.

De otro lado, el foco de la atención mundial por la seguridad también ha cambiado radicalmente, pues Medio Oriente ha dejado de ser la zona más amenazante para los intereses occidentales, siendo ahora, y con toda claridad, la región Asia-Pacífico.

 

Y no solo por el avanzado estado del programa nuclear norcoreano, que también comprende el desarrollo misiles balísticos intercontinentales capaces de alcanzar a Japón y las islas de Hawái, sino por el sostenido crecimiento militar y tecnológico de China, segunda potencia mundial en términos económicos, país que ha incrementado notablemente su presupuesto de defensa, situándose todavía por debajo del que asigna anualmente EE. UU.(aproximadamente un quinto de este), pero superior al de Rusia, Reino Unido o Francia, otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, por citar algunos ejemplos.


Una primera lectura de la tensión que experimenta en estos momentos el mundo es que es China, y no Corea del Norte, el objetivo central de la estrategia estadounidense.

En ese sentido, la nuclearización promovida por Pyongyang solo sirve de pretexto para una intervención más decidida de las fuerzas norteamericanas en la zona de influencia de China.

Esta cuestión se encuentra íntimamente ligada al reclamo de soberanía por parte de China de un área marítima donde piensa expandir su dominio territorial.

En concreto nos referimos al Mar del Sur de China (El mar de la China Meridional), donde también existen reclamos territoriales por parte de Filipinas, Malasia, Vietnam e Indonesia.

 Además, por si fuera poco, China considera a Taiwán una provincia rebelde, separada tras el ascenso de Mao al poder; y mantiene una disputa diplomática con Japón sobre el dominio de islas en el extremo sur de Okinawa. 

Estos problemas han aumentado debido al expansionismo chino sobre el Mar del Sur de China, donde la nación asiática ha construido islotes artificiales aprovechando arrecifes para levantar bases navales y aeródromos militares fuertemente defendidos con sofisticados sistemas antiaéreos y aviones de combate de fabricación rusa y nacional.

 China se viene posicionando entonces en una vasta área mucho tráfico marítimo y por consiguiente de relevancia comercial, y en la que posiblemente se hallen importantes reservas energéticas de gas y petróleo en el subsuelo marino.

 El expansionismo chino no solo cuestiona el liderazgo de Estados Unidos sobre la región, sino que afecta los intereses territoriales o de domino marítimo de países aliados como Japón, Taiwán y Corea del Sur.

China ha ganado mucho terreno en el ámbito económico en la última década, siendo ahora el principal socio comercial de muchos países de Asia, Latinoamérica y África.

Además se ha constituido en financista de grandes proyectos en industrias extractivas, infraestructura y adquisición de equipos militares por terceros países.


Todo esto –lo anterior- pone en entredicho la supremacía de la potencia norteamericana en el siglo XXI, y se convierte en la razón principal que explica la presión ejercida sobre Corea del Norte para que desmantele su programa balístico y nuclear a través del envío de la flota encabezada por el portaviones Carl Vinson, un portaaviones nuclear, y nuevas sanciones que podrían ser aplicadas por el Consejo de Seguridad de la ONU.

El “peligro” norcoreano sirve de excusa para que EE. UU. aumente su presencia aeronaval en la zona e instale el más moderno sistema antimisil del mundo en Corea del Sur.

Para los entendidos en la materia, tanto China como Rusia ven con gran preocupación el despliegue de THAAD, un sistema diseñado para derribar misiles intercontinentales su fase terminal por medio de impacto cinético.

Esta preocupación radica en que EE. UU. podría – en teoría- contrarrestar los ataques de potencias rivales, pudiendo a la vez infligir enormes daños sobre blancos estratégicos en territorio enemigo. 

Paradójicamente, ante la práctica históricamente intervencionista de EE. UU., varias de cuyas actuaciones se produjeron al margen de autorizaciones y resoluciones del Consejo de Seguridad, Corea del Norte ha encontrado en el desarrollo de su programa de misiles y nuclear la principal garantía contra un ataque norteamericano, prueba de ello son los ejemplos de Libia, Siria e Iraq, cuyos programas nucleares fueron detenidos por ataques israelíes en el segundo y tercer caso, y el primero por decisión de Gadaffi a fin de evitar una segura intervención de la OTAN.

Los ensayos de misiles desde tierra y submarinos y las pruebas nucleares realizadas desde 2009, revelan una capacidad de Pyongyang de causar daño a Corea del Sur y Japón, protegidos militarmente por Washington desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

China ha expresado su oposición a nuevas pruebas norcoreanas para rebajar la tensión y las pretensiones de los halcones del Pentágono. Sin embargo, es poco probable que Corea del Norte suspenda o elimine su programa nuclear, su principal carta de negociación de cara a futuras conversaciones con Washington.

En la medida que Kim Jong Un, líder norcoreano, mantenga el potencial disuasorio, podrá obtener ciertas concesiones como el relajamiento de las sanciones económicas y diplomáticas que pesan sobre su país.

La frontera más militarizada del planeta, la que divide en el paralelo 38° a Corea del Sur de Corea del Norte, establecida en 1953, se convierte así en el centro de la atención mediática mundial, donde no solo están en disputa dos naciones hermanas, una regida por el libre mercado y la democracia representativa, o mejor dicho, por el gobierno de las grandes corporaciones auspiciadas por el Estado o chaebol como Samsung, Hyundai y LG; y la otra por una dictadura de partido único donde el líder supremo toma todas las decisiones concernientes a la defensa de la nación.

Esta división ideológica, política y económica se mantiene desde la década de los 50 a través de una tregua forjada tras la Guerra de Corea, donde intervinieron además la URSS, China y Estados Unidos.  
A China nunca le ha interesado la idea de una reunificación entre las dos coreas porque sería parecida a la alemana tras la caída del Muro de Berlín, es decir, una del tipo favorable a los intereses occidentales.

Se da por descontado que Corea del Norte sea absorbida económica y políticamente por el Sur, que asumiría el gran costo de la reunificación y el desarrollo socioeconómico de su rezagado vecino del norte.

Occidentalizar la Península coreana solo aumentaría la presencia norteamericana en la zona, ya que EE. UU. estaría en las fronteras de la propia China.

Es casi seguro que EE. UU. nunca llegue desmantelar sus bases militares ni reduzca su cooperación estratégica con Corea del Sur, aun cuando Corea del Norte colapse, desactive sus reactores y armas nucleares como parte de un acuerdo de reunificación.

Este escenario es factible, pero de ningún modo deseable para los intereses geopolíticos chinos.
Lo que debemos preguntarnos ahora es si EE. UU. está dispuesto a realizar ataques preventivos sobre posiciones norcoreanas, lo que supondría la posible utilización de armas nuclearespor primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Hay que tener en cuenta que dicho país cuenta con las armas para invadir a su vecino en caso de guerra. No se trata del indefenso y golpeado Iraq de Hussein (debilitado por la agotadora guerra contra Irán, el enorme peso de su deuda y el declive del precio del petróleo), ni de la Libia de Gadafi (que desmanteló su programa nuclear y se abrió comercialmente a occidente), pues las tropas de élite norcoreanas se han preparado para dicho evento.

Aún cuando gran parte de su arsenal no sea moderno y tenga el rótulo de vintage – en su mayoría de las décadas de los 50, 60 y 70 – dispone de suficientes piezas de artillería de largo alcance para reducir a escombros a Seúl en unas cuantas horas.

De momento EE. UU. viene concentrando numerosas fuerzas en el área, donde hay patrullas de submarinos nucleares con misiles crucero Tomahawk y destructores Aegis con capacidad de interceptar proyectiles convencionales o nucleares.

Es probable que la Marina estadounidense llegue a desplegar dos grupos de portaaviones adicionales (se mencionaron al Roosevelt y al Nimitz como candidatos, y además cuentan con el Reagan en Japón) y la Fuerza Aérea envíe escuadras de cazas invisibles F-22, F-35 y bombarderos estratégicos como el B-2 antes de considerar un ataque. Esto podría tomar entre dos o tres semanas más, pese a que el poder de fuego norteamericano en la zona es considerable.

El presidente Trump ha dejado el asunto en manos de sus asesores militares al desconocer este tipo de cuestiones, como lo ha reconocido públicamente en algunas entrevistas.

Trump ha brindado total libertad a sus comandantes para adoptar las decisiones necesarias en materia de seguridad nacional, lo que disuelve los controles ejercidos durante las últimas administraciones por funcionarios civiles.

Sin mayores restricciones que las de su propio juicio y la evaluación de riesgos sobre posibles escenarios, algunos miembros del Pentágono podrían estar considerando la posibilidad de atacar antes de que China logre cierta paridad tecnológica-militar con EE. UU.

La mayor preocupación de estos halcones es el ascenso aparentemente imparable de China y su proyección sobre el Pacífico. Si antes aguardaban que el gigante asiático colapse como resultado del estallido de burbujas financieras, bursátiles e inmobiliarias que todavía amenazan a su economía, ahora no parecen estar tan confiados en que diversos factores internos la pongan de rodillas.

China ha controlado, de momento, la reducción del crecimiento de su PBI, y parece haberlo estabilizado, por lo que podría crecer a tasas todavía interesantes y superiores a las que registra el promedio norteamericano de los últimos años.


Poco se habla sobre el tema de la carrera armamentística desatada hace algunos años atrás en la que las industrias militares han desarrollado nuevos equipos que revolucionan la manera de hacer la guerra.

Se trata de una revolución en el sigilo de barcos y aeronaves de combate, las comunicaciones en red, el cyber espionaje, el apagón electrónico a través del pulsos electromagnéticos, etc.

Todos estos elementos entrarían a tallar un eventual conflicto militar, cuya antesala se conduce por canales mediáticos en desmedro del conducto diplomático.

En el plano mediático, por ejemplo, recibimos informaciones y noticias incesantes sobre el lenguaje utilizado por las partes, las movilizaciones de tropas y diversos ejercicios militares.

Los medios sirven como amplificadores de las declaraciones políticas y de la guerra psicológica iniciada por EE. UU. para provocar determinadas reacciones en sus rivales.

China, por su parte, ha tratado de calmar la situación, pero ha recalcado que no permitirá el escalamiento del conflicto en sus fronteras, toda vez que pondría en peligro su propia supervivencia como nación.

Rusia también ha efectuado advertencias parecidas a través de su canciller y mediante vuelos de bombarderos estratégicos cerca de Alaska.


La situación de momento no es clara porque Trump no tiene una doctrina o línea de actuación internacional como sus antecesores (su secretario de Estado fue CEO de ExxonMobil, la mayor petrolera privada del mundo, y no cuenta con experiencia en el campo de la diplomacia internacional). Por ello no sabemos qué a tenernos en el futuro inmediato.

Lo que sí tenemos perfectamente claro es que EE. UU. ha abandonado su política blanda o ‘soft power’, reemplazándola por una retórica de corte belicista que en lugar satisfacer de los intereses esenciales de múltiples actores internacionales, privilegia exclusivamente los propios, lo que no solo podría desencadenar impases diplomáticos, sino un conflicto sin precedentes y de grandes magnitudes por la naturaleza de las armas que podrían ser utilizadas, muchas de ellas de destrucción masiva como las químicas, biológicas y nucleares.

Ahora bien, si Washington no transforma sus reiteradas amenazas a Corea del Norte en acciones concretas, su imagen se vería seriamente devaluada y no sería tomado en serio por otros países como Irán, cuyo programa nuclear se encuentra aparentemente paralizado a fin de que no desarrolle armas nucleares, esto según el tratado firmado con otros actores de la comunidad internacional, entre los que se encuentra EE. UU., Rusia y la Unión Europea.

EE. UU. se ha embarcado en un juego peligroso al abordar la cuestión norcoreana porque perdería protagonismo en cualquier escenario, sea atacando “preventivamente” a un país con un potencial devastador para sus aliados Corea del Sur y Japón, o cediendo de llano a la presión internacional que le reclama sensatez y ponderación en el caso de todos los intereses involucrados.

En ambas situaciones el liderazgo norteamericano se vería duramente cuestionado, incluso por sus propios aliados, al no poder ser un garante eficaz de la paz o del ‘status quo’ mundial.

César Reyna

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Escritor, bachiller en derecho y economía, y columnista. Estudió en las universidades de Lima y del Pacífico (ambas de Perú). Escribe poesía, cuento, relato, ensayo y novela todavía inédita, aunque próxima a publicar, así como una tesis sobre negociación intercultural para graduarse de abogado. Se considera libreprensador. En la actualidad defiende los intereses de grupos socialmente discriminados frente al Estado peruano y empresas extractivas.